Su mano ha dibujado

 un arco para apartar las

 pocas hojas de las

 ramas, y su pie ha

 crujido, seguramente,

 sobre la hojarasca

 marrón, seguramente.

 Nada se ve. 

La niebla de la mañana.

 Un camino de tierra que

 a lo lejos se pierde en las montañas. 

Olor a humedad. 

Nada se ve. 

La niebla. La mañana.

Un tiempo detenido,

 superpuesto a otro, muerto, oculto.

Fuera de mi ventana,

a lo lejos Ítaca, nadie regresa.

 La niebla espesa, el tiempo

ausente, sin sol, la niebla oculta

por más niebla.

 

Abajo un vacío negro, real.

Ahora soy la espalda

 que a lo lejos veía, el

 caminante y la rama

 seca crujida por mi pie.

 Siento la humedad en

 mi cara como el aliento

 de un perro. La tierra

 negra, seguramente

 arcilla, humus.

 

Mi boca como mi mano,

mi estómago espirado.

El viento rolando, silencia

 suavemente el camino 

de una inmensa blancura.

Una rama cruza el aire hirsuto.

La niebla es todo, y dos nereidas

 me esperan en aquel camino, seguramente.

 

 

 


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